Después de trabajar medio día por su cumpleaños, Manolo llegó a su departamento con un six de cervezas, unas papas grandes y mierda en la cabeza. Se encerró en su cuarto azotando la puerta y se sentó en una silla frente a una pared blanca sacando enseguida las cosas de la bolsa. Se quito la playera y los zapatos, abrió la primera cerveza y la bebió hasta que quedo la mitad de ella. Limpió los chorros que le dejó la bebida en los labios y abrió las papas para comer enseguida unas cuantas con la boca abierta.
Habiendo iniciado el ritual, simplemente esperó encorvado en la silla a que su mente sintiera “el momento”, que era lo que él entendía por “mindfulness”, una técnica de meditación en donde la conciencia se enfoca únicamente en el aquí y el ahora.
Llevaba practicándola apenas unos meses por recomendación de su madre. Ella le enseñó varios métodos de relajación para tratar con su comportamiento agresivo pero las ignoro todas. No fue sino hasta que falleció de cáncer que empezó a hacerlas.
Manolo al recordar a su madre dejó caer algunas lagrimas al suelo con todo y el ceño fruncido que siempre traía. Y sin limpiar sus ojos, ni quitar la vista de la pared, se termino la primera cerveza, abrió de inmediato la otra aniquilándola de un solo trago para abrir la tercera en seguida, dejándola reposar a un lado de la silla de plástico con apenas unos sorbos de menos.
15 minutos después de haber iniciado, Manolo sentía no caber más en la silla, se desparramaba en ella mientras jugaba un poco con la lata de su cuarta cerveza. Tuvo que prender un cigarro para poder calmarse e iniciar de nuevo. Mastico unas papas, se reincorporo, miro la pared con los ojos entre cerrados y comenzó de nuevo, ahora iniciando con inhalaciones amplias y exhalaciones lentas llenas de humo de tabaco. Estaba funcionando, el cigarro le había permitido llenar el cuarto de una bruma negra tan pesada que pareciera que estuvieran quemando hectáreas de pasto dentro del departamento, pero aquello parecía hacerlo sentir en ambiente.
Relajado al fin, terminó su cuarta cerveza y abrió la quinta mientras prendía otro cigarro al agitarlo sobre el aire caliente de su alrededor.
El cuarto comenzaba a arder en el medio de una tormenta de cenizas. Donde los truenos solo eran confundibles con el rugido profundo del pecho de Manolo. Ya estaba ahí. “El momento” estaba llegando. Pero antes de entrar abrió la ultima de las cervezas, la bebió hasta la ultima gota y arrojo la lata al suelo hirviente mientras se levantaba de la silla que comenzaba a derretirse.
De pie frente a la penumbra elevó sus brazos haciendo un triangulo con sus manos, mientras daba la más grande de las aspiraciones y cuando no pudo sostener más aire, soltó su ferocidad guardada con un soplo lento que hacía que su piel brille de un rojo intenso, parecía un hierro fundido. Bajando los brazos lentamente con las palmas hacia la tierra fue cerrando los ojos lenamente.
El tiempo se congeló. La tierra tembló de arriba abajo y él desbordaba toda carga de furia en forma de plastas que brotaban de su piel colorada.
Manolo había llegado al clímax de la meditación. Al aquí y el ahora. El presente le quemaba el cuerpo como si estuviera en medio de un volcán en erupción fundiéndose dentro del cráter para volverse parte de una explosión.
Ya no existía cuarto, ni departamento. Solo él con la tierra y el fuego, envueltos sobre humo que giraba en un espacio en el que no cabía, provocando presión hacia todos lados, dejando escapar la oscuridad al romper el vidrio de las ventanas para remplazar aquello por viento fresco de la calle. Ocasionando que el cuerpo de Manolo se carbonice al instante y liberando la habitación del fervor para dejar a la vista solo incendio.
Pasaron unos minutos de silencio como aquellos que solo una tormenta deja después del desastre, hasta que la costra de carbón que tenia en el cuerpo comenzó a desmoronarse. Se recargó en la pared a sacudirse y se dispuso a salir a la calle descalzo y con el pantalón quemado. Bajó del tercer piso desde donde vivía y camino a la tienda a comprar otro six de cervezas y otras papas para seguir festejando su cumpleaños, pero ahora con la serenidad de un volcán dormido.