Se me quebraron los labios de resequedad. Creí que un baño tibio me los aliviaría, pero al sentarme en la cama con la toalla, aún los traía quebrados.
Encendí un cigarro en tu nombre, que bien puede ser cualquier nombre, y terminé quemándome con la colilla. -Que tonto -Me dije. No le di ni una calada por pensar boquiabierto en los escenarios que compartimos juntos. Tú en tus múltiples pieles, y yo, con el mismo órgano seco y cenizo.
En un suspiro largo me recosté en la cama buscando sentir el calor que hace mucho que estuvo aquí, pero no recordaba que en noches pasadas ya me lo había devorado todo. -Que tonto -Me repetí. No deje ni un poco para ahora que es cuando más te necesito.
Creo que no me queda más que dormir con la luz encendida
esperando que sirva de carnada, para que vengas a mí, a ver mi piel y mis
labios secos, a despertar tus ganas de querer lavarlos en tu miel cuando por
cariño apagues la luz para que descanse.