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Hermanas

 Imagino constantemente el momento en el que aparecemos en las noticias por un choque de carretera. Mamá por ir maldiciendo a la gente o andar molesta conmigo no mira el coche que se nos atraviesa y nos volcamos para nunca volver a casa. Hoy las imágenes son más reales porque vamos camino al hospital veterinario para salvar la vida de Candy.

Estos últimos meses, la gata ha desaparecido con más frecuencia. Cada vez que llegaba, mamá la recibía como hija pródiga. Festín, regalos, apapachos y mimos que nunca me ha dado ni en mi cumpleaños y Candy los recibía sin pedirlo. Yo me quedo callada apoyando la celebración de la favorita. Después de todo, los días en casa se vuelven cálidos y muy amenos cuando estamos juntas. Solemos ver películas, comer todas en el comedor e incluso dormir en la misma cama. Yo a espaldas de ellas, pero juntas. Así era cuando estaba papá, él amaba tanto a la mamá como a la gata, cualquier pretexto era bueno para hacer todo juntos. Una costumbre que se perdió cuando se fue. Con su ausencia, Candy no tenía razones para estar.

Yo nací cuando papá ya no estaba. Así que llegué a una casa fría, húmeda y desordenada, donde no tardé en saber que no era bienvenida. Aún tengo marcas de cuando indefensa me visitaba la gata en mi cuna a arañarme los brazos.

Empecé a ir a la escuela y comenzaba a alejarme. Sabía que me la pasaría mejor con mi amiga Lili que vive enfrente. Asu vez, Candy tardaba días en volver, lo que estaba sacando de quicio a mamá. Salir con la vecina a platicar a veces no le cubría el suficiente tiempo de espera mientras llegaba.

Para el primer mes completo de su ausencia, mamá no soportaba la espera de su llegada y me pidió acompañarla a buscar a la gata por la colonia. Íbamos a todo horario a los parques, calles y colonias cercanas a colocar anuncios de su extravío mientras dábamos vueltas con una bocina de los maullidos de Candy para ver si eso ayudaba a que supiera que la estábamos buscando. Cuando llegó el tercer mes, ya se había rendido. Dejamos de salir a las calles y en su lugar colocamos la propaganda en la casa y la bocina encendida con sus maullidos a unos hertz que solo los gatos escuchan. Veía a mamá cansada todo el tiempo, se parecía a las muñecas que ya no uso que están bajo la cama.

Sin darnos cuenta, poco a poco me fui integrando a sus actividades. Mientras más pasaba el tiempo de espera, la distancia entre nosotras se acortaba. De pronto me pedía acompañarla al súper, o a dormir juntas. Comenzamos a distraernos haciendo la limpieza, decorando las paredes, pintando los muebles, incluso jugando conmigo y Lili.

Estábamos por llegar al año de su desaparición y yo no la extrañaba ni un poco. La tarde en la que volvió yo estaba afuera jugando con mi amiga a la pastelería y mamá estaba con la vecina. Entré a la casa por agua y pasando por el comedor estaba ella acostada en la sala. En el sillón individual beige frente a la entrada. Acostada, sucia, delgada y engreída como siempre.

Ese sillón recuerdo que lo compramos el día que retiramos la lona de afuera de la casa, fue con la intención de marcar un antes y un después en nuestras vidas buscando renovar el ambiente tan deprimente que había. Junto con el compramos las cortinas de flores amarillas que tanto le gustan a ella para que ambientara el espacio de la sala con la calma que habíamos perdido y que ahora está rota a trozos y llena de lodo por todos lados.

Hice un recorrido con la mirada y quedé con la boca abierta al ver la pantalla tirada, las velas de la mesa del centro en el suelo, dos lámparas rotas y las persianas agitadas como por un huracán. Regresé a verla para perseguirla gritando su nombre. Se quedó quieta para enfrentarme. Sabía que yo daría el primer golpe. Mi intención era tomarla del pescuezo y sacarla por la ventana de atrás de la casa y cerrar las puertas olvidando que estuvo aquí. Pero ella no quiso irse sin pelear.

La tome con las manos llenas de lodo, pero se me escapó y brinco por los muebles buscando mi cuello. No le quité los ojos de encima para evitar que me atacara y volver a intentar atraparla. Corrí tras ella brincando los espejos y cuadros de las paredes que puso en mi camino. Se fue a la cocina. La seguí de prisa, ensuciando todo lo que tocaba y sin notar los puntos rojos que empezaban a pintar el suelo, no me contuve y grité su nombre con rabia exigiendo su desaparición. Resbaló en la tarja de la cocina, me abalancé sobre ella, la tome de las orejas y escuche azotar la puerta gritando su nombre.



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